Pocas veces en la vida uno tiene realmente claro qué es lo que quiere. La satisfacción que produce saber qué quieres es enorme, si bien la angustia se apodera de ti también de una manera acusadora por miedo a no conseguir lo que tanto anhelas. Yo sé lo que quiero. Más bien dicho, sé a quién quiero. Sé que esa persona no me da la espalda, precisamente, y que hay sentimientos mútuos que hacen que se hayan dado las circunstancias para que se produzcan varias cosas y momentos que tengo grabados en mi memoria.
Aun así, ésto no es fácil: sé que yo no soy fácil; no me refiero a ser una persona inalcanzable, no creo que tenga ningún valor añadido al hecho de ser humano que no tengan los demás, no destaco precisamente por cualidades físicas ni de personalidad. Con lo de no ser fácil, me refiero a que me cuesta mostrarme tal como soy, con todas mis carencias (y mis no carencias, por supuesto) y someterme así a "juicio", un juicio que me da miedo perder. Ahora, las cosas han cambiado: hace dos días tuve una conversación con él y he visto que las cosas no van por el buen camino, así que ya ha llegado la hora de aprender a desnudarme sentimentalmente, mostrar quién soy, cómo soy, qué quiero y qué vengo a hacer aquí.
Lo haré, lo haré por él, por un futuro, por mil razones. No sé cuánto tiempo me traerá completar el proceso, pero no pienso perder una oportunidad que me da la vida para ser feliz y hacer feliz a alguien por ese miedo que me ha estado atormentando 18 años, siempre pidiendo deseos a realmente no sé quién para ver cumplidas mis ilusiones sin realmente tener que dar la cara. Ahora sé que muy pocos de esos deseos se cumplieron, así que toca ponerse manos a la obra. El tiempo de cambiar ha llegado, y ésta es mi determinación.
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